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Editorial

A propósito de las españolas "secuestradas" en La Habana

Aurelio Pedroso / 21-09-2018
Santería

Santería

Prodigiosa y mágica ciudad que desaparece a sus visitantes para devolverlos felices y contentos. La penúltima persona de estos actos de invisibilidad pública fue la holandesa Anouk van Luijik, de 19 años, quien protagonizó una desaparición a lo Houdini, terminó sonriente después de tensar hasta la Interpol y nunca más quiso contar lo que hizo y sucedió a su alrededor.


Unos dos meses después, el turno a dos españolas cordobesas, madre e hija, que fueron "secuestradas", según numerosos titulares, por una santera que prometía sanar raras enfermedades a golpe de cortarle la cabeza a dos inofensivas palomas blancas y meterse en bolsa unos cuantos euros a 1.13 de acuerdo al cambio oficial.


Esto de la santería en servicio para los extranjeros comienza primero por folclor y luego con desmedida fe igual a la católica para no pocos visitantes. La pasión por ella podría equipararse con la del fútbol o el béisbol. Apreciable la cantidad de extranjeros que caen ante el embrujo de un babalawo o santero que, raramente, se toma en serio su faena cuando se trate de visitantes, que si hablan su misma lengua resulta mucho mejor dada la imposibilidad de trasladar al alemán, por ejemplo, lo enrevesado de sus predicciones y maneras de combatir el mal de amor, económico, de salud y hasta laboral.


No hay tanta ingenuidad en estos episodios. Ni por parte de los que llegan a la isla, ni por los que les tiran las caracolas. Historias de timos hay como para escribir un extenso libro, mientras que de "secuestros", una, la que cuentan las cordobesas.